sábado, 11 de enero de 2020

Ricardo va a misa (Una historia real)

Ricardo sentía que quería ir a una iglesia, pero no sabía bien a cual ir… “¿Por qué ir?” “¿Para qué?”, se preguntaba mientras decidía a cual ir… No lo sabía, ni lo tenía claro en la mente, pero lo sentía en el corazón, la sensación física era evidente y no podía desconocerla… Sus tías, asiduas asistentes a la parroquia del barrio, ya le habían dicho que no podía ir, era conviviente y en el lenguaje que ellas usan eso significaba algo así como que “vives en pecado” y “tu relación está mal ante los ojos de Dios”… Y Ricardo les creía, él no tenía una gran formación religiosa, casi lo jalaron en el curso de religión del colegio, y sus tías eran su referencia en estos temas, si ellas decían que “vivía en pecado” pues así debía ser y mejor no acercarse a la iglesia… Pero entonces, ¿por qué sentía estas ganas de ir?... Además, ¿ganas de qué?, ¿solo de entrar en el edificio?... La parroquia del barrio, la de las tías, no era una posibilidad, pero se le ocurrió que podría ir a alguna solo para mirar, tal vez solo con entrar calmaría estas ganas, y entonces pensó que las antiguas del Centro de Lima, que parecen museos por esta mezcla de belleza e historia serían la mejor opción… Aprovechó que tenía una tarde libre y se fue de paseo a andar, vio una iglesia que le llamó la atención y que parecía vacía y entró, se sentó en una banca a esperar qué pasaba, pensando que solo podría encontrar la tranquilidad frente a las ganas que tenía… De pronto vio salir a alguien del confesionario y recordó la última vez que se había confesado, unos 15 años atrás, en el colegio, cuando intentó hacerlo de la mejor forma y confesarlo todo para “quedar limpio”, pero mucho tiempo había pasado luego de eso y sintió que tendría mucho que contarle al sacerdote ahora, sobre todo este asunto de la convivencia y el pecado… Se acercó al confesionario, entró y se olvidó de la fórmula que se repite en ese momento: “sin pecado concebida”… Mal inicio, al parecer, pero muy oportuno para el momento… Tomó consciencia de que efectivamente no sabía lo que hacía, pero lo sentía como algo bueno, y así con esa sensación de hacer lo correcto, comenzó a comentar su vida, con énfasis en aquello que podría ser pecado y el estado de su relación actual… Al terminar se sintió perdonado, no tanto como una sensación de liberación, porque en realidad no sentía que hubiera hecho nada considerablemente malo, más una sensación de reconciliación con su vida espiritual, con aquello que es más trascendente, con aquello en lo que se ha puesto a pensar desde que se enteró que sería padre… ¿En qué mundo quiero que vivan mis hijos?... El sacerdote lo invitó a participar de la misa que comenzaría a continuación, él agradeció la invitación pero le dijo que no podía comulgar, porque sus tías le habían dicho que los convivientes no pueden hacerlo… El sacerdote sonrió y le dijo que se lo dejaba a su criterio. En la confesión Ricardo había comentado que practicaba el discernimiento ignaciano, así que cuando recibió este comentario entendió que debía discernirlo… Se quedó para la misa, la vivió, se emocionó, y su corazón le ayudó a discernir qué comulgar era lo correcto en ese momento, había disfrutado tanto de la misa, sentía que el sacerdote la hablaba casi directamente a él y las ganas de participar fueron tan grandes que entendió que era lo correcto… Comulgó, participó de la misa, sintió en lo profundo que se había reconciliado con la iglesia, pero sobre todo, sintió que había renacido en él un algo, un no sé qué, algo que podría llamarse el Espíritu, y que tenía la enorme convicción que también quería eso para sus hijos… Saliendo de la iglesia notó que sonreía, trató de ponerse serio, pero no pudo, volvió a sonreír y disfrutó de la sensación en el camino de regreso a casa.

(Basado en hechos reales. Escrito con autorización del protagonista y con edición libre de Pedro Cotillo para SerKawsay)

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